Autor: UNOi

Fecha: 16 de octubre de 2014

Sociedad, cultura y pensamientos

por Dionisia Pappatheodorou “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo” Voltaire La sociedad la conformamos todos: cada […]

Foto: © eltoro69/depositphotos.com
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por Dionisia Pappatheodorou

“Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”

Voltaire

La sociedad la conformamos todos: cada uno de nosotros, de nuestras familias y de nuestras instituciones y agrupaciones, y nuestra cultura viene a ser la suma de nuestras acciones comunes.

Curiosamente, si indagamos un poco, nos damos cuenta de que todos perseguimos una misma finalidad: nuestro bienestar y progreso, así como el de nuestros seres queridos. Hasta aquí, todos de acuerdo, no existe conflicto alguno.

El problema se inicia a partir de las formas que empleamos para conseguirlo; no radica en qué,  mas bien en cómo. Mi punto es que para lograr eso que queremos, empleamos -y a veces sin discriminar- todo lo que se ponga a nuestro alcance, echamos mano inclusive de medios que sabemos no son los más adecuados. A veces pasamos de largo y por encima de todo y de todos, sin importar el precio o las consecuencias y tomando como único criterio «si me favorece, lo tomo». Adoptamos una postura sumamente egocéntrica y personalista, tomamos poco en cuenta a los demás y en consecuencia no logramos ponernos de acuerdo.

No cabe la menor duda de que nuestra libertad termina donde empieza la de los demás, y en este sentido, resulta sumamente importante que pongamos especial cuidado en el valor del respeto; las consecuencias de no hacerlo lamentablemente nos saltan a la vista día con día.

El respeto empieza con nosotros mismos, por la convicción de cuidarnos y responsabilizarnos por nuestro cuerpo, nuestro espíritu, nuestra mente; con todas las implicaciones y el esfuerzo que esto conlleva: nutrición, aprendizaje, actividad física… el desarrollo de un proyecto de vida. La educación es, sin duda alguna, la herramienta que nos proporciona esta posibilidad, la de lograr eso que queremos.

No obstante, al hablar de educación los resultados -aunque seguros- rara vez se tornan visibles en forma inmediata, y el lapso existente entre acciones y resultados se convierte en una gran desventaja, sobre todo en una cultura como la nuestra, sumamente hedonista: exigimos gratificación inmediata.

Esta característica constituye una de las mayores barreras, ya que con frecuencia esto no nos permite identificar las conexiones entre nuestra educación, nuestra filosofía, nuestras acciones cotidianas y los resultados que obtenemos. En alguna ocasión leí en una escuela, un cartel con un pensamiento de Ghandi: «cuida tus pensamientos, éstos se transformarán en tus palabras; cuida tus palabras, éstas se transformarán en tu acciones; cuida tus acciones, éstas se transformarán en tu personalidad; y cuida tu personalidad porque ésta se transformará en tu destino». La conexión entre nuestra educación, nuestra forma de ser y de actuar y nuestro destino es una realidad que he llegado a constatar en forma personal.

Es por ello que, volviendo al punto inicial, la posibilidad de construirnos una sociedad más sana, más justa, segura y productiva depende en gran medida de que logremos una educación articulada y congruente, del trabajo y del compromiso de todos, en especial de los adultos que -querámoslo o no- servimos de guía y modelo para los más jóvenes. De allí mi insistencia en que eduquemos a través del ejemplo, respetando, negociando y modelando consistentemente las conductas que queremos ver reflejadas en los demás: reformemos nuestra cultura. En suma, la responsabilidad de educarnos y forjarnos una mejor calidad de vida necesita ser compartida por todos los que constituimos esta sociedad, y la modificación de nuestra cultura comienza por nosotros mismos, partimos de nuestra familia y complementamos con la escuela y las instituciones; no al revés.

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