Autor: UNOi

Fecha: 13 de febrero de 2014

Pensamiento mágico

Locura es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Albert Einstein       Cuando nos sentimos incapaces de controlar algún aspecto de nuestra vida, y […]

Imagen: © eltoro697depositphotos.com
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Locura es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes.
Albert Einstein

      Cuando nos sentimos incapaces de controlar algún aspecto de nuestra vida, y no conseguimos ver una salida inmune ante situaciones de riesgo o embarazosas, generalmente activamos una serie de mecanismos de defensa que van, desde simples omisiones y excusas hasta la ira, pasando por culpas. Este tipo de reacciones son casi automáticas y a menudo momentáneamente inconscientes, por lo que llegamos a rayar en posturas ilógicas, a veces hasta Kafkianas. ¿Quién no ha pasado por este tipo de situaciones? Lo cierto es que en el fondo, con esta postura lo que buscamos es evadirnos de nuestra propia responsabilidad y salir avante; nos convencemos de que la situación es inmodificable y por lo tanto ya no es necesario que hagamos nada al respecto. Se trata de trampas que nos ponemos para mantenernos seguros y evitar alejarnos de nuestra zona de confort. Paradójicamente y aunque justificamos nuestra postura, en el fondo la situación de inmovilidad no nos ayuda a sentimos nada bien con nosotros mismos, ya que deteriora nuestra capacidad de iniciativa y el sentido de auto-eficacia que impacta directamente en nuestra imagen personal y autoestima.

Culpables, excusas, cacería de brujas y justificaciones son sólo algunas de las acciones que derivan de nuestro gran repertorio defensivo, al igual que el pensamiento mágico: una forma de pensar que no tiene en cuenta la realidad, y que parte de la premisa de que cambiando sólo una pequeña parte de la realidad, todo será completamente diferente -y por supuesto- propicio para nosotros. Una forma de pensar basada en la imaginación, en los deseos y/o tradiciones, pero que carece de cimiento lógico. Tal es su característica distintiva. Queremos creer que con determinadas palabras o acciones podemos desafiar las leyes naturales y la inevitable relación de causalidad. Curiosamente, algo similar sucede en las escuelas, y no resulta para nada difícil encontrarnos con ideas de este tipo. Sabemos que lo que hacemos no funciona, nuestros resultados son inadmisibles, y pretendemos que con el sólo hecho de decir que estamos cambiando o adoptar nuevas herramientas, programas o materiales, el cambio vendrá por añadidura. Nada mas lejos de la realidad. Si bien es cierto que las nuevas adopciones pueden generar algunas ligeras modificaciones, estas serán sumamente superficiales e inconsistentes.

Un cambio profundo, verdadero, conlleva un largo proceso evolutivo que puede llegar a suceder única y exclusivamente cuando lo provocamos, cuando conscientemente nos tomamos el trabajo de modificar viejos esquemas mentales y buscamos adoptar nuevas líneas de pensamiento que se acerquen a los resultados deseados.  Esto requiere necesariamente que nos ocupemos en accionar y encontrar nuevas formas de ver y hacer las cosas. Estamos obligados por principio de cuentas, a romper viejos paradigmas, transformar nuestras posturas y nuestra manera de comunicarnos y relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. No hay forma de que haciendo lo mismo, los resultados sean diferentes…y mejores.

Hace algún tiempo, durante un taller que compartía con un grupo de docentes y en el que se hacía referencia a la urgente necesidad de renovar el concepto de la escuela,  aludiendo al marcado desfase de las instituciones educativas, con respecto a los vertiginosos y acelerados cambios que han venido ocurriendo en los últimos años, el expositor comentaba: “tenemos ahora alumnos del siglo XXI, maestros del siglo XX, y aulas del siglo XIX…” a lo que mi compañero de al lado respondió entre dientes: “…y sueldos del siglo XVIII.” Por supuesto en ese momento, quienes alcanzamos a escucharle no pudimos evitar la risa, pero la realidad es que si lo pensamos un poco, tiene toda la razón. Para lograr cambios radicales, requerimos iniciar por nosotros mismos, y si queremos modificar la escuela como institución y sus resultados, requerimos comenzar por actualizarnos, cada uno de nosotros y en muchos sentidos. Desde su interior, la escuela requiere iniciar este cambio a partir de sus líderes, modificar sus estructuras internas y la forma en que la comunicación y el liderazgo impactan en el personal, moldeando el clima institucional. El clima es el medio en el que se favorecen y propagan o se inhiben los cambios, y está ligado irremediablemente al estilo de liderazgo y las políticas internas que se viven en su interior; de lo contrario estaremos cayendo en formas de pensamiento mágico, con nulo impacto en la realidad.

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Dionisia cepLa autora es licenciada en docencia de Inglés y máster en administración de instituciones educativas, se ha desempeñado en el ámbito educativo por más de 25 años, en áreas de docencia, desarrollo académico y curricular, y coordinación IB. Ha trabajado como consultora independiente y organizado conferencias de formación para padres con la participación de diversas instituciones educativas, y como columnista en un periódico local, tiene un especial interés por generar aprendizaje organizacional en las instituciones educativas y actualmente es Consultora académica de UNO Internacional para la región de Sinaloa.

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