Autor: UNOi

Fecha: 27 de abril de 2015

Narrar la escuela: el valor de la palabra en el aula

Este martes, la primera charla en el Cónclave UNOi estuvo a cargo Leonardo Padrón, destacado narrador que ha incursionado en la poesía, el ensayo el […]

Cónclave 104

Este martes, la primera charla en el Cónclave UNOi estuvo a cargo Leonardo Padrón, destacado narrador que ha incursionado en la poesía, el ensayo el cuento y el guionismo para televisión. Un experto en contar historias, que hoy nos compartió la siguiente:

 

Narrar la escuela

Quiero comenzar estas líneas con una confesión: me sobrecoge una certeza –quizás la misma certeza que nos reúne a todos aquí–, la educación el Latinoamérica ha sido un estruendoso fracaso. Todos los estudios arrojan el mismo resultado. Una primera alarma nos dice que los niveles de deserción escolar son abrumadores.

Una investigación hecha en Venezuela en el año 2014, que salió a la luz la semana pasada, reflejó que el 56% de los estudiantes abandonó los estudios entre los 15 y 19 años de edad; tres millones de personas no prosiguieron su educación. Conclusión: la interrupción de la trayectoria educativa ocurre sin haber logrado acumular el capital educativo necesario para reducir los riesgos. La segunda  alarma nos habla de un nivel formativo precario, altamente ineficaz, muy por debajo del nivel de calidad de los países del primer mundo.

No es exagerado decir que el salón de clases del estudiante latinoamericano está en ruinas, lleno de inclemencias. Quizá es la hora de las autopsias, el momento de examinar ese gran cadáver que es la educación y que yace impávidamente sobre toda Suramérica. ¿Por qué fracasamos? ¿Dónde están los errores?, ¿en el diseño de fondo?, ¿en la forma de instrumentarlo?, ¿en los contenidos programáticos? ¿Se ha intoxicado el ámbito pedagógico de mitos inservibles?

Más allá de las variables económicas que impulsan a la deserción del alumno o de lo pésimamente remunerado del oficio de la docencia, en cada uno de nuestros países, uno de los indicios más nítidos del fracaso de la escuela es el hastío que expresan los estudiantes;  les aburren demoledoramente las clases. Claro, la escuela nunca ha sido un parque de diversiones para ningún niño en ninguna época, pero hoy el bostezo es del tamaño de un tiranosaurio Rex y está a punto de  tragárselos.

 

Hace poco le pedí a mi hija de 14 años que me dijera por qué le fastidiaban sus profesores. Me respondió: “Porque dicen cosas que no sirven para la vida”.  Cómo sabes que no sirven, le pregunté. Me dijo: “¿Dónde se supone que en algún momento de la vida me va a servir saber cómo hacer una fracción generatriz?”. Queda clarísimo, mi hija odia las matemáticas, lo cual no es un detalle excepcional, pero insistí, le pregunté si había un profesor cuya forma de dar clase le gustara. En el acto me respondió: “Ponchero” –es el apodo del profesor–, un apodo que no celebro, por supuesto. Le dicen así porque suele transpirar a chorros en sus clases y bajo sus axilas se forman sendos círculos de sudor que remedan la silueta de una ponchera de agua…  Lo importante es que en las tres secciones del bachillerato, sus clases de geografía poseen una inaudita popularidad. Hago la pregunta obvia:¿Qué te gusta de su clase? Duda, responde: “Porque siempre cuenta historias ahí todas raras. Él hace eso para atraer nuestra atención y cuando estamos todos concentrados, viene y te da la clase”. ¿Qué tipo de historias cuenta? Pregunto, cada vez con más curiosidad. Me responde: “La mayoría creo que las inventa; él dice que es del llano, la sabana; nos dice como hacer sopa de guacharaca y cocinar carne de iguana. Algunas son reales, como cuando trabajaba en un liceo público, nos habla de sus encuentros con delincuentes”.

Mi hijo Santiago, su  hermano mellizo, tiene la misma percepción; igual piensan sus compañeros. Ponchera es un éxito; tiene altísimo rating a la hora de dar clase y, en la respuesta de los alumnos, está la clave: es el único maestro que les gusta, porque cuenta historias, el único que condimenta el contenido programático con la vida misma, el único que se sale del molde, se fusiona, se inventa, se quita de encima las telarañas del libro de texto, construye una oralidad. Luego mi hija me hizo una acotación: “A veces no es culpa de los profesores, sino del ministerio de educación”. Punto importante, crucial; también se trata del contenido de los programa que, en muchas ocasiones, parecen haberse estacionado en el tiempo, sin seguirle el ritmo al siglo. Y estamos hablando del siglo XXI, la velocidad y la lluvia de información.

Pero volvamos a nuestro punto, un maestro, se supone, está encargado de explicarles el mundo a los estudiantes y la única herramienta que tiene para hacerlo es el  lenguaje. De acuerdo a la forma que se relacione con él, así la eficacia. Pero, ¿cuánta importancia le damos al lenguaje?, ¿hemos sido capaces de entender las posibilidades de seducción que posee?  El ser humano está permanentemente narrando su tránsito por el planeta, a través de pequeñas o grandes historias. Esto no es simbólico o doméstico y, vaya paradoja, en la gigantesca aula de la educación latinoamericana, no se narran historias. Se repiten contenidos, se atornillan estereotipos en forma mecánica. Es como un aspersor de agua que nunca cambia su ritmo ni su rumbo; se hace, por lo tanto, predecible, monótona, aburrida.

Siempre he acuñado la idea de que la NASA debería enviar al espacio no solo astronautas, debería enviar poetas, novelistas; alguien que tenga una relación con el lenguaje tan eficaz, que nos pueda transmitir lo que significa estar realmente fuera del planeta, la magnitud del desasosiego, el impacto de la aventura, los hilos del miedo y de la acción.  Quizá no importa tanto la distancia que hay entre la Tierra y Marte, como los sentimientos que experimenta la especie humana en el confín del universo. Siempre lanzan a pilotos, militares, científicos o expertos en telecomunicaciones y electromecánica. Hollywood ha tenido que apelar a la imaginación de sus guionistas, para construir el correlato emocional.

Sin duda, el conocimiento necesita ser transmitido de una manera más carismática. El camino del aprendizaje se ha llenado de tedios; todo se ha reducido a cumplir los objetivos programáticos. Pero, ¿cuántas de esas clases  realmente transformarán a nuestros alumnos?, ¿cuántas terminarán siendo un momento de revelación o inspiración?

Esto nos lleva a un tema decisivo: ¿enseña la escuela a cultivar la sensibilidad? Pensemos en la etapa de alfabetización; aprender a leer no es solamente manejar un código, es también una contraseña para entrar a ese complejo evento que es la vida. Leer es además un pasadizo directo a la imaginación.  Pero sucede que la relación del alumno con la lectura termina siendo totalmente desaprehensiva. Desenlace: nuestra juventud maneja un repertorio muy limitado de palabras. Algunos estiman que el joven latinoamericano usa un promedio de 200 palabras de vocabulario; un rango de absoluta indigencia con respecto a la riqueza del idioma castellano.

A estas alturas, los estudiantes son indiferentes ante la aventura que un libro entraña. Nuestro sistema educativo ha colaborado con esa indiferencia a través de métodos de enseñanza… En rigor, para que importa saber a qué movimiento literario perteneció por ejemplo, Jorge Luis Borges. Importa más bien el destello que ocurre cuando leemos, cito: “Del otro lado de la puerta, un hombre, hecho de soledad, de amor, de tiempo, acaba de llorar en Buenos Aires todas las cosas”. A nadie le importa cuántas sílabas tienen esos versos. De César Vallejo, el gran poeta peruano, me afecta y conmueve, no su clasificación en el sistema literario, sino el don para expresar la tozudez humana, al decir: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”.

Nos resulta más seductor entender que el lenguaje es capaz de expresar lo inexpresable, como Browning, poeta inglés, cuando dice: “Precisamente cuando nos sentimos más seguros, llega la puesta de sol”.

A un alumno se le atrapa describiendo las virtudes exactas de Cien años de soledad. Bastaría con leerles este portentoso, fabuloso  comienzo que dice: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Creo que el interés de un alumno por el resto de la novela sería más genuino partiendo desde esa parte.

Creo en la eficacia de mostrarle a los alumnos todo lo que cabe en las 27 letras del alfabeto: la historia de Dios, la guerra de los hombres, el descubrimiento del fuego, la astronomía, … un millón de historias de amor, las aventuras de Harry Potter y de Robinson Crusoe, el desierto, el humor, las epopeyas, la vida entera; todo lo que se nos ocurra y lo que aún no se nos ha ocurrido.

El lenguaje, señores, afecta todos los cruceros posibles. ¿Tiene consciencia de eso el alumno? ¿Nos hemos ocupado de que lo entienda? Hay que acercarlo, pienso yo, al sentido lúdico del lenguaje. Que lo intuya tan emocionante como un parque de atracciones. O cuando el poeta Rimbaud  le puso colores a las vocales; o Huidobro quería hacer florecer a la rosa en el poema. Nuestro idioma, todos los días, puede conmover, asombrar, abismar.

La escuela debe asumir el desafío de los tiempos, apelando incluso a herramientas milenarias: el “había una vez…” de tantas historias, siempre predispone al hechizo de los sentidos. Es el mismo señuelo que poseen, por ejemplo, las telenovelas, que han logrado imantar a millones d espectadores con el simple lenguaje de la ficción, ese torrente verbal de promesas fabulosas que todo caudillo latinoamericano esgrime para cautivar a la masa. Todo está construido en base a una narrativa y el lenguaje es el gran hechicero.

Mientras la escuela no nos ofrece historias. ¿Acaso materias como la geografía, las matemáticas no tienen historias? ¿No es la vida secreta de las plantas –como canta Stevie Wonder–, un misterio que nos revela la biología? ¿Importan las fechas de nacimiento de nuestros próceres más que las complejas razones humanas que generan las guerras?

Creo que en la medida en que le otorguemos al salón de clases el formato de la aventura, podremos competir con más eficacia contra esos grandes seductores que son la tecnología y los medios de comunicación. Que el aula sea, en sí misma, un medio de comunicación. Que el maestro se convierta en ese narrador cotidiano que embelese a su audiencia con los utensilios del lenguaje y la pasión. Que la imaginación y la osadía tomen por asalto el salón de clases. Cada vez que un maestro se empina frente a sus alumnos tiene la posibilidad de cautivarlos o aburrirlos. Cada hora de clases debería rebosar sorpresas, ilusionismo, vida. Lo que allí ocurra determinará el resultado: un niño mayor educado, o más diferente; un niño despierto o un desertor.

Latinoamérica tiene una pista para encontrar soluciones: el salón de clases; no huir del salón sino hacia el salón. Esa es la premisa a lograr, asumir a los estudiantes como a un público al que hay que convencer de que estar sentado frente al pizarrón es la mejor idea del día. Para magnetizar su atención, la docencia amerita sin duda vestir nuevos trajes.

Todo esto debería formas discípulos, pero discípulos insatisfechos como lo fue Aristóteles con respecto a Platón. Discípulos críticos, capaces de proponer una lectura propia del mundo.

Hagamos de cada hora de clases una tertulia animada por el entusiasmo. Heideger decía: “Sólo en la conversación alcanzamos nuestra humanidad”.

Google, Internet, se ha colado en nuestra vidas. A veces viste bata de doctor, de agente turístico de historiador, de psiquiatra y, en muchas ocasiones tiene sus dedos manchados de tinta. Google, hoy por hoy, es el maestro más solicitado del mundo. Es él, con su pizarrón abierto las 24 horas, sin regaños y sin arrogancia académica quien capitaliza la atención de millones de estudiantes. El profesor Google que cuenta cosas al oído de los alumnos con una extraordinaria pirotecnia de recursos, y a pesar de que, por supuesto, no siempre es confiable ni riguroso, el profesor Google suele atrapar la atención de los jóvenes siendo veloz, festivo, breve, polifacético. No se trata de exterminarlo o prohibirlo, sino de aprender de sus estrategias.

Sin duda, el proceso pasa por  reformular el sistema educativo; reeducar al maestro: la clase convertida en un ser vivo. Fíjense: el amor remoza sus códigos, la música funciona, la moda se reinventa, la gastronomía hace combinaciones inéditas y ¿la educación?, ¿va a seguir condenada a sus oxidados moldes,  siempre  apostando a su vieja rutina, a su conservadurismo?

Hay que reconocerlo, muchos alumnos piensan que el bachillerato es un impuesto que tienen que pagar por el hecho de ser jóvenes. Hablaba José Ignacio  Cabrujas –quizás el mayor dramaturgo de Venezuela, ya fallecido–, en un artículo publicado, de cómo hacer pata que la literatura repunte, de una amiga llamada Elena Peralta, quien cursaba el último año de bachillerato y le solicitaba al dramaturgo asesoría para resolver una tarea. La mayor aspiración Elena era, cito sus palabras, “Salir de ese estanco”.  Cabrujas aclara “El estanco de Elena Peralta es el bachillerato nacional, descrito por mi amiga como una desgracia vital. Cabrujas contaba más adelante: “No la ayude. Me mostré sarcástico y negativo al tratar de convencerla de que la única manera de estudiar bachillerato en Venezuela, diversidad incluida, es considerar el aula como sitio social; un lugar de encuentro donde prácticamente lo único importante sería encontrar algunos amigos capaces de crear un verdadero sentido subterráneo de alternativas; una conducta disidente, un compartir impresiones, … quejas, proyecto, galletitas Oreo, expectativas de qué voy a hacer cuando salga de esta vaina.  Cualquier cosa con tal de renegar del programa oficial, de la brutal medianía que el ministerio de educación a diseñado en su afán, persistente y denodado de supeditar a los jóvenes”. Cierro la cita. El dictamen es cruel, severo, sardónico, pero quién se atreve a decir que no es cierto. Creo que mis hijos aplaudirían con entusiasmo la expresión de Elena Peralta y la irreverencia de Cabrujas.

El hecho es que la autopsia debe completarse asumiendo los riesgos, reeducarlo, comenzar desde cero; proponer una nueva aventura en el mundo de la educación en Latinoamérica; salvar el presente, reconstruirlo para tener la certeza de que va a haber un futuro sin medias tintas, sin temblor en el pulso. Recordemos: está en juego la educación  entera, es decir, sus alumnos; la posibilidad de ser un lugar de verdadero desarrollo y, nosotros sin duda, mejores seres humanos.

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