Autor: UNOi

Fecha: 4 de septiembre de 2013

Los valores de UNOi: Continuidad con la Naturaleza

V. CONTINUIDAD CON LA NATURALEZA     Arnaldo Esté        Tal vez, a muchas culturas  antiguas y grandiosas como la maya, la quechua  o la del khmer en […]

V. CONTINUIDAD CON LA NATURALEZA    

Arnaldo Esté       

Tal vez, a muchas culturas  antiguas y grandiosas como la maya, la quechua  o la del khmer en la actual Cambodia, les llegaron señales precoces de la decadencia, de sequias o deslaves producto de gerencias u operaciones erradas de las aguas. O tal vez desoyeron e ignoraron la comunicación de sus dioses.

Hoy,  señales similares se hacen cada vez más frecuentes, lo que conlleva a las Naciones Unidas (Resolución 63/278 de la Asamblea General)  a darle  entrada a la Pachamama, a la Madre Tierra de todos los tiempos,  a su simbología. Y como éste, hay decenas de acuerdos, entre los que sobresale el Protocolo de Kioto.  Además, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), los movimientos ecologistas y conservacionistas aumentan en número y fuerza.

Arne Naess (1973), Fritjov Capra  (1975) y muchos otros se refieren a la Ecología Profunda, tratando de comprender lo que se oculta más allá del conservacionismo. Y por ellos sabemos  que  la Naturaleza nos transita en energías, ondas y partículas que están en todas partes, que han estado siempre,  pero que aun no percibimos bien lo que va quedando en ese discurrir. Aunque lo ponemos en palabras conocidas, en símbolos, en  oraciones y cantos. En veneraciones y devociones.

Porque no es sólo asunto de contaminación, basura, gases, tóxicos que ya es grave y urgente. No sólo es reciclaje y preservación de recursos. Es mucho más que especies que se extinguen. Es mucho más que conservación de una planta, que es amor y exigencia.  Mucho más que un comprensivo “desarrollo sustentable”  o  “sostenible” o del análisis de las causas del confuso cambio climático. Es más que las conductas de arrepentimiento y vergüenza con las que se idearon los parques artificiales y las zonas protegidas. Islas de reconciliación. Pagos de purgatorio.

La continuidad con la naturaleza es un valor emergente,  que supera el antropocentrismo sin desmejorar la calidad humana. Rebasa intereses individuales con la consciencia de que todo lo que a ella perturba nos perturba a todos. Es identificarnos con  la Naturaleza, no sólo porque con ello va la propia vida sino porque vivir así, en el Valor de  esa continuidad, es mucho más que subsistencia.

No es simplemente el bien y el mal. Es el actuar y pensar la Naturaleza como un tránsito permanente e indetenible y que como toda travesía también deja sus huellas. No somos los mismos antes y después del viaje, antes y después de lo vivido. Para el quechua, la distancia entre el presente y el pasado está en la Naturaleza, porque ella es el plano horizontal donde el hombre vive, con sus muertos y con los vivos que lo acompañan, no es arriba ni abajo, no es cielo y tierra, no es bien y mal. Ella es el punto de encuentro que compartimos con los ancestros. Este mismo espacio fue y será el de nuestros hijos. Nos une la fuerza vital que nos anima y nos sostiene, como anima y sostiene a los animales, las plantas, a los minerales…  De esta manera se integran tiempo y espacio, mientras el pasado acompaña el presente en representación petrificada.

Hoy los especialistas utilizan el mismo concepto al referirse a la fragilidad de los sistemas ecológicos y su vulnerabilidad. Mientras, la poesía, las artes,  sueltas a su propia continencia, afloran los símiles de ese tránsito:” baila como el viento”, “canta como la lluvia”, “mira como el sol,  iluminando con tu mirada las cosas”.  Abre tu piel a las muchas texturas, descúbrela como el mejor recurso de pertenencia a Ella, no el que te separa de Ella. Hacer de nosotros un maravilloso diapasón que sabe vibrar con todo: colores, sonidos, vientos, y aquellos tránsitos, que llamamos misteriosos, porque aún no tenemos las formas de precisarlos.

Es indispensable concebir al Ser humano – naturaleza no como una relación entre dos aspectos separados y divergentes, sino como una misma sustancia en diferentes manifestaciones y continentes. Contra la posición reduccionista que identifica a la Naturaleza con humedad, luz y color, calor, frio, y en afanes de clasificarla en grados y niveles, emerge la otra, que es esa apertura no discriminadora a su tránsito permanente. En búsqueda no evasiva ni egoísta de apagar la propia incertidumbre, como si pudiera existir su extinción. Olvidando que la incertidumbre es la mejor manera de comprender el trayecto, la vida en continuidad.  

Emerge un Valor aún no cultivado o percibido cotidianamente. Ni siquiera se conceptualiza en la escolaridad como la Creación de Dios para los hombres y mujeres del mundo, para su vivir. Cuesta entender el extrañamiento e invento de la Naturaleza como algo “más allá” de nosotros, manifiesto en la metáfora de la  expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el destierro,  porque habían dejado de comprender aquel sentido de la Creación divina. El mensaje es claro: el ser humano tiene su espacio en la Naturaleza, pero con unos linderos, con una piel que lejos de limitarlo, garantiza su integración, su indisoluble tránsito y permanencia, como un solo cuerpo con diferentes expresiones perceptibles a diario.

 

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