Autor: UNOi

Fecha: 1 de diciembre de 2013

Las sirenas de la costa llaman a volver

“No es fácil, nunca lo es”, dijo el profeta. “Lo saben, pero preferirían no saberlo”, volvió a decirse, algo más triste. Finalmente se preguntó: “¿Por […]

Fredy Vota - En los caminos

“No es fácil, nunca lo es”, dijo el profeta. “Lo saben, pero preferirían no saberlo”, volvió a decirse, algo más triste. Finalmente se preguntó: “¿Por qué ahora soy apedreado por los mismos que antes me acompañaban? Sólo anuncié lo evidente, ¡cambiar es inexorable!”.

Este monólogo interior puede pertenecer a cualquier profeta, agente de cambio, revolucionario social, líder económico, innovador científico o docente que rompe con el status quo en alguna de sus formas.

Seguramente si has propuesto cambios alguna vez, de esos importantes, algo similar habrás sentido. Para tus superiores  te conviertes en una variable de riesgo, para los que dependen de ti, dejas de ser representativo. Tus amigos dejaron de serlo, se incomodan contigo. Hasta quizás has llegado a pensar que ya no te reconoces ni a ti mismo.

Cuando esto ocurre, ten la certeza de que has empezado a trasformar las cosas. No hay transformación sin mutación y esta se da, a veces, con dolor. El dolor del que quiere quedarse en el lugar hasta que la muerte lo sorprenda, el dolor del que se aparta de ti y te juzga, sólo porque emprendes lo que estás seguro, es tu camino; el dolor cuando añoras lo que fue, y no alcanzas a ver lo que viene.

Alguien dijo alguna vez, “Cuando pongas la mano en el arado, no mires para atrás”.  Y así es. Cuando emprendemos la búsqueda profunda de cambiar el paradigma que nos mantuvo en el letargo, nada nos debe quitar la vista de lo que está por delante, porque aunque regreses, ya no será igual.

En ocasiones, me ha ocurrido ver a maestros y directores que una vez iniciado su proceso de transformación pedagógica, buscan una salida de escape. Ésta siempre se ubica en algún lugar o persona del pasado, que a lo lejos, se vislumbra como la tierra prometida perdida. Elevan hasta los altares a los docentes de antaño y a las viejas prácticas, porque conservan en algún recóndito lugar, la idea falaz, de que hubiese sido mejor quedarse detenido antes que haber avanzado.

Son cantos de sirenas infames. Sirenas necias, que aunque se justifiquen intelectualmente, esconden la maldad de quién está hundido en el fango y quiere enlodar a todos, con el mismo barro de su pérdida de sentido existencial. El pasado glorioso se presenta como una excusa para truncar el camino de salida posible. ¿Seguirlas? ¡Qué error de cálculo!, ¡Que trampa mortal!

El que vuelve, no encuentra lo que dejó, encuentra despojos de lo que quedó.

El tango “Nada”, que siempre escucho con nostalgia (para eso son los tangos), retrata la búsqueda sin sentido de ese pasado que ya nunca volverá. Es la salida de escape del amante que busca la amada que no fue, ni será…

Nada, nada queda en tu casa natal…
Sólo telarañas que teje el yuyal.
……
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún…
¿Dónde estás, para decirte
que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?
 
… Ya me alejo de tu casa
y me voy ya ni sé donde…
Sin querer te digo adiós
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde…..

Me conmueve esa imagen de volver y encontrar que el camino que se emprendió es irreversible, y que esa idea que uno imaginó, ya no existe. Es muy probable que en realidad nunca haya habido posibilidades de concretar ese amor. Es sólo una quimera. Quimeras que nos alejan de la posibilidad concreta y real de construir espacios dignos en nuestras vidas.

Creo, como dice Leibniz, que los hechos ocurridos siempre son la mejor combinación entre los hechos posibles. La valentía de seguir, es enemiga de la cobardía del que se queda petrificado en algún remoto pasado.

Cambiar fue bueno, seguir cambiando será mejor. Al menos para mí.

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