Autor: UNOi

Fecha: 14 de septiembre de 2016

Jugar para aprender

Hace poco más de dos mil años, en el siglo primero de nuestra era, el maestro de retórica latina Quintiliano formulaba el deseo que “el […]

Hace poco más de dos mil años, en el siglo primero de nuestra era, el maestro de retórica latina Quintiliano formulaba el deseo que “el estudio sea para el niño un juego”,  (UNESCO, p.19). Sin embargo, durante mucho tiempo esta propuesta enfrentó la resistencia de maestros y padres que pensaban que los niños deberían ocuparse en cosas “más serias”.

La UNESCO, en su documento El niño y el juego, señala que “todos los niños del mundo juegan, y esta actividad es tan preponderante en su existencia que se diría que es la razón de ser de la infancia. El juego es vital; condiciona un desarrollo armonioso del cuerpo, de la inteligencia y de la  afectividad. El niño que no juega es un niño enfermo, de cuerpo y de espíritu”, (UNESCO, p .i)

Pero, ¿es posible jugar para aprender? Para la psicóloga infantil Aitana Farré , “el juego es el recurso educativo por excelencia para aprender en la infancia ya que juega un papel fundamental en el desarrollo de habilidades piscomotoras, cognitivas y socioemocionales… ayuda a que los niños se diviertan, motiven e involucren en el proceso de aprendizaje… los más pequeños requerirán el juego simbólico y sensorial, mientras que los niños mayores requerirán juegos más estructurados y con mayores reglas”.

Con respecto a lo anterior la educadora Jéssica González Salgado destaca que en preescolar, “la parte sensorial es fundamental para estimular: aprietan amasan, pintan… Hay que permitirles que se ensucien. Lo disfrutan y es parte esencial de su desarrollo neurológico”.  Por lo que toca a los jóvenes, la también educadora Verónica Villa apunta que “se involucran con los retos, no solo para vivirlos sino para construirlos y desarrollar su creatividad”. Y la UNESCO señala que “los juegos pueden proporcionar a la práctica pedagógica, mucho más allá de la escuela de párvulos, un medio de estimular la creatividad, y la psicología moderna ha puesto de relieve la influencia de los comportamientos y de los objetos Iúdicos sobre el desarrollo de la personalidad, (Unesco, i)

“El juego –abunda Farré–, es una forma de actividad que les va a permitir la expresión de su energía, la necesidad de movimiento, de comunicación, de resolución de problemas; los va a ayudar a desarrollar la creatividad, a poner en práctica su imaginación y, con todo esto, poder adquirir formas complejas que van a propiciar el desarrollo de competencias. En el juego, van a variar no solo la complejidad y el sentido, sino también la forma de participación en la que se llevan a cabo, que van desde la individual, donde los procesos de atención y concentración son básicos, así como el lenguaje interno del niño con el propio niño, los juegos en pareja, donde se ponen en práctica habilidades de negociación y mediación y, los juegos colectivos donde es necesario llegar a acuerdos y poner en práctica habilidades de colaboración”.

En cuanto a la función educativa del juego, la UNESCO nos dice que “mediante el juego se transmiten tecnologías o conocimientos prácticos, y aun conocimientos en general. Sin los primeros conocimientos debidos al juego, el niño no podría aprender nada en la escuela; se encontraría irremediablemente separado del entorno natural y del entorno social. Jugando, el niño se inicia en los comportamientos del adulto, en el papel que tendrá que desempeñar más tarde; desarrolla sus aptitudes físicas, verbales, intelectuales y su capacidad para la comunicación”,  (UNESCO, p.14).

También el juego favorece otras habilidades cognitivas. “Diversas teorías –dice Farré–, consideran que durante el desarrollo de juegos complejos, las habilidades mentales de las niñas y los niños se encuentran en un nivel comparable al de otras actividades de aprendizaje: uso del lenguaje, atención, imaginación, concentración, control de impulsos, curiosidad, estrategias para la solución de problemas, cooperación, empatía y participación grupal.

A las anteriores, González Salgado agrega la habilidad de ‘desarrollo del pensamiento divergente’, que consiste en poder ver algo desde diferentes puntos de vista. La educadora considera importante trabajarla desde pequeños a través de juegos donde tienen que negociar, tener reglas, crear, modificar y reconstruir retos. Resalta que el juego ofrece además la oportunidad para fracasar; para aprender que se puede perder y hacerlo mejor la siguiente vez.

Según Farré , “el juego contribuye al desarrollo de habilidades socioemocionales por medio del placer que experimentan al jugar y los sentimientos que se generan con ello. Al vincularse con otros, entienden que los demás tienen necesidades y opiniones distintas, lo que provoca que tengan que negociar y adaptarse mientras desarrollan la empatía y trabajan la frustración”.

Así las cosas, la próxima vez que al salir de la escuela pregunten a su hijo ¿qué hiciste hoy? y  responda lacónicamente: “jugar”, pueden estar tranquilos y convencidos de que seguramente algo aprendió y que su desarrollo cognitivo marcha por el camino correcto.

Por supuesto, el juego no debe quedar restringido al ámbito escolar. El juego en casa fortalece los vínculos afectivos, transmite valores, favorece la comunicación, fomenta la interacción social y potencia los aprendizajes. ¡A jugar se ha dicho!

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Fuentes.

UNESCO. El niño y el juego Planteamientos teóricos y aplicaciones pedagógicas. Estudios y documentos de educación No. 34. París, 1980, 75 pp. http://unesdoc.unesco.org/images/0013/001340/134047so.pdf

Educación XXI. Aprender Jugando. https://mx.unoi.com/2015/06/01/aprender-jugando/

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