Autor: UNOi

Fecha: 13 de marzo de 2014

Éthos

  Por Dionisia Pappatheodorou. “Sólo aquel que construye el futuro, tiene derecho a juzgar el pasado” Friedrich Nietzsche  En términos de relaciones –sobre todo entre […]

 

Foto: © eltoro69 7 depositphotos.com
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Por Dionisia Pappatheodorou.

“Sólo aquel que construye el futuro, tiene derecho a juzgar el pasado”

Friedrich Nietzsche

 En términos de relaciones –sobre todo entre padres e hijos- hoy más que nunca nos enfrentamos con el eterno dilema del tiempo: calidad o cantidad, ¿qué es más importante? Me parece que ambas. ¿Cómo podríamos establecer relaciones de calidad, sin dedicar tiempo, al menos en un inicio? Desde mi punto de vista, las relaciones primero se construyen y después se fortalecen, pero siempre requieren de inversión y compromiso; y aquí bien podríamos aplicar un principio de la administración: lo que ofrece mayor beneficio en el largo plazo, tiene un mayor costo en el corto plazo, y viceversa. O lo que es lo mismo: lo barato, resulta caro y lo caro a la larga nos resulta barato… ¿coincidimos?  Para mí, esto no falla, y entonces en educación, al igual que en mil cosas más en la vida,  la inversión inicial resulta sumamente importante. Si realmente invertimos tiempo, nos comprometemos verdaderamente y nos ocupamos de construir lo que queremos, podemos tener la certeza de que obtendremos los beneficios más tarde y con menor esfuerzo.

Obtener lo que nos proponemos resulta siempre posible –si nos abocamos a ello, por supuesto- y adoptar una visión optimista de la vida es una excelente herramienta para conseguirlo. Desde un enfoque optimista, si por uno u otro motivo no logramos invertir lo necesario desde un inicio, siempre existe la posibilidad de hacerlo más adelante, obteniendo igualmente los beneficios; pero nunca sin inversión, ésta constituye un prerrequisito. Al igual que sucede con las finanzas, tiempo, calidad y costo van entrelazados, y quizá tengamos que redoblar esfuerzos cuando no nos ocupamos de proyectar y prorratear nuestra inversión con antelación. Nos costará más trabajo, eso es seguro, pero si existe el empeño y la voluntad no hay imposibles. Puedo asegurar que los límites de nuestros éxitos y fracasos están técnicamente en nuestra mente, los construimos con nuestros pensamientos, y por ello es posible también revertirlos.

Si bien es cierto que con esfuerzo podemos conseguir nuestros propósitos, también lo es que para ello, sea lo que sea, primero tenemos que definirlo y construirnos una clara imagen, y en la práctica este proceso de construcción nos resulta de lo más complicado, o al menos para mí lo ha sido. Asumo que  el problema fundamental radica en que pocas veces volteamos hacia nuestro interior para conocernos, comprendernos y buscar respuestas, no estamos entrenados, pero es sólo a partir de ello que podemos tomar decisiones asertivas, congruentes con nuestra naturaleza y nuestras aspiraciones más profundas, con lo que en esencia somos, es decir, con nuestro propio éthos. Buscamos fuera de nosotros tanto causas como efectos, cuando lo que verdaderamente puede satisfacernos y hacernos crecer se encuentra con mayor certeza dentro de nosotros mismos y es preciso conocerlo. En cambio, llegamos a ser sumamente incongruentes y, con ello se presenta un severo desequilibrio: ¿cómo podemos adaptarnos armónicamente a nuestro contexto, cuando ni siquiera nosotros mismos sabemos lo que verdaderamente deseamos y necesitamos? ¿Cómo pueden otros entonces entendernos y ser empáticos? Pretendemos de los demás lo que no somos capaces de hacer nosotros mismos.

Según el pensador y poeta Friedrich Nietzsche -a quien paradójicamente se le conoce como uno de los maestros del pesimismo-, la finalidad de la vida es aprender a descubrirnos, a comprendernos y llegar a “ser quienes somos” realmente, a ser libres pensadores. Solo así podremos vivir en armonía.  Coincido plenamente con esta idea. Verdaderamente considero que vivir en libertad, en armonía y en congruencia con nuestro ethos, nuestra propia naturaleza o esencia personal, es lo que más nos acerca a la felicidad y a la salud en todos sentidos. Esto es lo que nos proporciona verdadera paz interior, y ¿qué puede valer más la pena? En contraposición, lo que nos aleja de ello nos lleva generalmente al conflicto, a desarrollar emociones poco constructivas, por las que -las más de las veces- buscamos responsabilizar a otros. Estas emociones, finalmente las transformamos en muchos de nuestros trastornos y desórdenes psicológicos, y con el tiempo, inclusive llegamos a convertirlas en algo físico.

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Dionisia cepLa autora es licenciada en docencia de Inglés y máster en administración de instituciones educativas, se ha desempeñado en el ámbito educativo por más de 25 años, en áreas de docencia, desarrollo académico y curricular, y coordinación IB. Ha trabajado como consultora independiente y organizado conferencias de formación para padres con la participación de diversas instituciones educativas, y como columnista en un periódico local, tiene un especial interés por generar aprendizaje organizacional en las instituciones educativas y actualmente es Consultora académica de UNO Internacional para la región de Sinaloa.

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