Autor: UNOi

Fecha: 19 de mayo de 2014

¿Estamos dispuestos a dejar nuestras razones de lado?

Más que asesores, hacedores… El taller se inició en el tiempo previsto. Los maestros estaban listos, yo también. Tenía pensado tres momentos. Diagnóstico; Momento de […]

Fredy Vota - En los caminos

Más que asesores, hacedores…

El taller se inició en el tiempo previsto. Los maestros estaban listos, yo también. Tenía pensado tres momentos. Diagnóstico; Momento de asumir responsabilidades; y, Plan de trabajo. Inicié el diagnóstico yendo de lo general a lo particular. Contexto y texto. Tengo la costumbre de dar marco a lo que ocurre. Hablé sobre la crisis de los sistemas educativos  latinoamericanos en general y en particular del país.

Mostré los indicadores que daban cuenta de la situación alarmante: Exámenes Pisa, Unesco, índice de alumnos que repiten el año escolar, índice de abandono. Traduje estos índices mostrando lo que significa en cuanto impacto social. Un país con bajos resultados educativos, tiene hipotecado su futuro y condena a la próxima generación al fracaso cultural, económico y político. Se tarda aproximadamente 10 años en revertir estos indicadores, lo que significa una situación alarmante para los países de la región.

Hasta este momento mis diagnósticos, casi desesperados, fueron seguidos con atención y asentimiento por el auditorio. Diría que había una aceptación pasiva. Todos éramos conscientes del deterioro del sistema educativo y de la imperante necesidad de cambiar las cosas.

Luego di algunos datos del colegio. Índice de alumnos que no aprueban materias, que se cambian a otros colegios y una estadística que había tomado ad hoc donde medía, por un lado, si los alumnos venían contentos al colegio, y por otro si consideraban que lo que les enseñaban era útil. A la primera pregunta el 55% de los alumnos dijeron que no y otro 58% también respondieron de forma negativa a la segunda.

Percibí en ese momento que las caras de asentimiento mutaron. Fueron pasando de la incomodidad a una mezcla de enojo y de activación de todos los mecanismos de defensa.

Claro que, como eran docentes con mucha educación, no me agredieron pero me empezaron a mirar con desconfianza. La primera reacción del auditorio fue decir que a los jóvenes no les interesa nada, luego el foco de la acusación pasó a  los padres, que no los acompañan y muchas veces se ponen del lado de sus hijos justificándolos.

También cayó en la volteada el método de encuesta que había elegido, y la pertinencia de decirlo en una capacitación. Pasamos por culpar a la Secretaría de Educación, Supervisión, la escuela, los dueños y por supuesto UNOi con toda su orquesta (Coach, un desastre; plataforma que no jala; los talleres como este, y como todos, que no sirven para nada).

Luego de una media hora de quejas y cuando creí que podía insertar un bocado sin ser devorado crudo, dije: “En todo tienen razón, todas esas razones nos llevaron a estar en el lugar donde estamos. ¿Estamos dispuestos a dejar nuestras razones de lado y hacer algo? Creo que el colegio está como está, porque nunca podemos pasar del diagnóstico a la fase siguiente. Y no quiero buscar culpables, quisiera con ustedes, en conjunto hacernos responsables del espacio vital que nos toca, con sus límites y posibilidades”.

Dejemos lo que nos innvoliza de lado (claramente los diagnósticos que vuelcan la culpa por fuera de nosotros nos paralizan), y pongamos el acento en lo que podemos hacer. Para mí hay que tomar consciencia que “hay que hacer” y esto implica abandonar algunas posiciones cómodas.

El país está lleno de asesores (Los que no pasan de contarnos donde está la falta). Se necesitan hacedores (Los que hacen, a pesar de la falta, con lo que tienen). Construyamos juntos un plan para mejorar estos datos.

¿Qué podemos hacer para que nuestros alumnos vuelvan más contentos a clase, que sientan que lo que pasa allí es importante para ellos, que se vuelvan a entusiasmar con el saber y tener éxito en sus aprendizajes?

Empezaron a trabajar por grupos, hicieron un largo listado de actividades, les pusieron fechas y mecanismos para evaluar su impacto y eficacia. Sus caras al final de aquella capacitación fueron otras, pasaron de la aceptación pasiva, a la angustia, luego al enojo y del enojo al empoderamiento.

Fue un año excelente de trabajo. Cada docente se responsabilizó de sus resultados y dieron lo mejor de sí buscando el cambio. Al año siguiente hicimos la misma encuesta, los índices de la escuela fueron 100% mejores. Aunque debo confesar, con dolor, que los del país quedaron intactos, o con una leve mejoría en algunas áreas.

¿No será tiempo de hacerse cada uno responsable de cambiar el lugar que le toca?

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