Autor: UNOi

Fecha: 9 de agosto de 2011

A la educación se la cambia cambiándola

Por: Pablo Doberti   “A la educación se la cambia cambiándola” -me dijo luego de haberse tomado horas de silencio. Yo dudé. No de que […]

Pablo Doberti
Pablo Doberti

Por: Pablo Doberti

 

“A la educación se la cambia cambiándola” -me dijo luego de haberse tomado horas de silencio. Yo dudé. No de que a la educación se la cambiara cambiándola -que no me cabía duda- sino de qué tantas horas se necesitarán para concluir que a la educación se la cambia cambiándola. Ella me dijo que sí. Yo le dije que también. Y por ahí nos fuimos.

Nos fuimos hasta que llegamos, tomados de la mano. Y me lo recordó, luego de un giro majestuoso y de una mirada honda y sincera: “A la educación se la cambia cambiándola”.

Yo la amo. Y eso cambia todo, lo sé. Pero seguí; la tomé de la cintura, de su leve y etérea cintura ígnea, y le quise decir algo que no pude decirle. No recuerdo, pero era importante. Pero la miré y la besé. No funcionó. Seguí sin saber qué decirle.

Por un momento me abstraje. Mil mundos atravesaron mi mundo, mil duendes, mi duende, y me pareció que me confundía. Que no era por ahí. Peor, no nos fuimos. Nos quedamos. Y nos acariciamos y nos dormimos, entrelazados.

Amanecí renovado, revelado, podría decir, incluso. La luz entraba vertical y yo descansaba horizontal, o casi. Y ella me esperaba para sentenciar. Me anticipé y le dije que a la educación, sin dudas, se la cambiaba cambiándola. Y sentí que decía algo importante. Pero no sé.

Ella es maestra y yo, maestro. No es lo mismo, eso sí lo sé. Ella es ella y yo, yo. Pero estábamos por coincidir. Algo más, por entramarnos en un enunciado implacable. Ella sentía que yo sentía que habíamos llegado a algo. A algo bueno.

Todavía no la habíamos cambiado, ni un ápice, pero por ahí nos fuimos, seguros de estar yendo en el sentido de ir cambiándola, porque sabíamos ahora que a la educación solo se la cambia cambiándola. Y casi nos volvemos a ir.

Nos regresamos, cansados de tanto cavilar. No quemaban las pestañas ni hervían las sienes, pero algo se había cansado o nos había cansado. ¿Sería el ir cambiándola? Decidimos descansar. Y volver a avisarnos, el uno al otro, el maestro a la maestra y la maestra al maestro, que a la educación sólo se la cambia cambiándola.

La llevé a pasear, a nadar, a ver la luna y el sol; me llevó a mirar las calles semidesiertas de domingo. Nos llevamos a comer y a después de comer. Nos llevaron a pasear ya no recuerdo ni quiénes, pero nos divertimos. Estábamos listos para divertirnos. Habíamos quedado listos para divertirnos porque habíamos, unos minutos, horas, días, meses o años antes, concluido juntos que a la educación se la cambia cambiándola. Era para festejar. ¿O no?

Yo sé que las cosas se acaban. Ella, de hecho, se acabó para mi y yo para ella. Hoy soy maestro sin mi maestra. Pero qué más da. Quién me quita lo que fui y sobre todo quién me quita hoy, ahora, tanto después, lo que aquella tarde eterna me dio. Aquella hipnótica lucidez de habernos dado cuenta, hablándonos casi sin hablar, de que a la educación, que sí, que vale la pena, que da ganas, que nos gusta, que está buena y es buena, que nos movía y nos mueve (a ella por allá y a mi por acá), que a ella, a la educación, no a ella ella, la de aquella tarde larga, de verdad de verdad, sólo se la cambia cambiándola.

Y no quise saber más. No fuera a ser el caso de que por más saber acabe por confundirme.

 

 

 

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