Autor: UNOi

Fecha: 24 de febrero de 2012

Educación y tecnología

Pablo Doberti. Esta relación podría ser fructífera, si no fuera traumática. Estamos en esa encrucijada y deberíamos salirnos. Veámoslo a través de cuatro premisas. Somos […]

Pablo Doberti. Esta relación podría ser fructífera, si no fuera traumática. Estamos en esa encrucijada y deberíamos salirnos. Veámoslo a través de cuatro premisas.

Somos fans de aprender haciendo, ¿verdad? Cómo no, si hoy es a todas luces una máxima de alto consenso. Y encantadora, además. Pero en materia de cómo entra o no entra la tecnología en la escuela, lo primero que decimos es que debemos ir despacio; que hay que ir despacio porque no sabemos ni por dónde… Despacio, en nuestra jerga, quiere decir, primero pensar para recién, tal vez, actuar. Reflexión que enmarca la acción pero que al cabo la detiene. Posponer el hacer hasta que el ponderar nos habilite. Eso decimos, y entonces nos esperamos…

Nos esperamos mientras la sociedad todita se digitaliza sin pensarlo y sin esperarlo, para bien y para mal, avanza, coge ritmo. Y ritmo es valor. Hace y aprende de su hacer, y sigue haciendo y aprendiendo en un círculo, si no enteramente virtuoso, seguro que productivo. Pero en la escuela no. Un artificio nos ha congelado; un sofisma nos tiene confinados. A nosotros, justamente, el sofisma nos postró.

Yo creo que es al revés. Sé que es al revés. Debemos empezar ya mismo a hacer para poder entonces comenzar a aprender algo. Debemos empezar sin haber aprendido, quiero decir. La tecnología debe comenzar a actuar en la escuela y con eso aprenderemos algo de lo que querrá decir la tecnología en la escuela. El aprendizaje como una consecuencia de la acción. La encrucijada, como se ve, es crucial. Punto y aparte. Segunda premisa.

En la educación y en la escuela pretendimos también otro falso movimiento, al que llamamos –para simplificar- escolarización de lo digital. Que esta trama social espectacularmente abierta del mundo web en la escuela “se comportara”, es decir, se sometiera a reglas históricas y solo hiciera lo que la escuela desea que haga, tal como la escuela desea que se lo haga. Que lo digital en la escuela se dé cuenta de que está en una escuela… Y pues no. Lo digital es indomeñable y se sacude, se zafa y comienza a entrar por las grietas, es decir, por los descuidos de la escuela, en los bolsillos de los niños. Mala ecuación porque se carga de ímpetu conspirador y después vaya uno a saber…

Lo digital –como la adolescencia– no acepta reglas que lo nieguen como lo que es. Se trata de digitalizar la escuela, no al revés. Y lo digital viene con lo que viene. Punto y aparte. Tercera premisa.

Lo digital no es un objeto de estudio. No se estudia en sí. Ni es una competencia, siquiera. Es una atmósfera que atraviesa los procesos y las prácticas sociales (para el caso, los del aprendizaje). Los atraviesa y los altera, como toda buena atmósfera. Pero mientras, nosotros queremos “estudiar” lo digital, aprender lo digital, reducirlo a un proceso racional y organizado. Aparatoso gesto escolar que no comprende que no es ni posible ni necesario aprender a respirar la atmósfera digital, que simplemente, se trata de respirarla. Eso mismo que ya hacemos todos -aunque la escuela lo niegue; y bastante bien, además. Inconscientemente.

Lo digital es un nuevo medio ambiente en el que se desarrollan las prácticas sociales XXI y en el que éstas quedan redeterminadas, otra vez más. Eso es lo que la escuela no recrea en su interior. Por eso está rara. La comunidad escolar no respira digital. En las escuelas falta lo digital como falta aire en la cúspide del Aconcagua. Conforme nos vamos acercando a las escuelas, sentimos –como en las fosas nasales- ese enrarecimiento. Punto y aparte. Cuarta premisa.

Lo digital no vale en sí. Vale lo que vale por lo que repercute en términos de conductas y de lazos sociales. Esa es la manifestación socialmente relevante de lo digital. Eso es lo innegable y lo irreductible. Y repercute rediseñando las conductas y poniendo en entredicho las creencias fundamentales de la sociedad moderna. Es decir, tiene calado. ¿Unos aparatos hacen eso? Si y no. Es un tejido monumental de aparatos interconectados y de gente interconectada a través de esos aparatos que acaban creando cosmovisiones, inventando mundos en el mundo, rehaciéndonos. Así de potente lo veo; y así de literario. Así de desestabilizador para la escuela y la educación.

Pero la escuela y la educación son las que son; nosotros, los educadores, somos los que somos, y nos resistimos. Estamos atrapados en viejos pleitos y luchamos con viejos monstruos. Mediante gigantescos gestos de ponderación, pues ponderamos. Ponderamos en múltiples foros, en los medios, en cada oportunidad: “la educación no caerá en la trampa; la escuela no degenerará”, y nos acomodamos las gafas…

Pero no creo que sea así. La escuela y la sociedad XXI nos necesitan de otra manera. Nos necesitan para que demos los pasos, para que marquemos pauta hacia delante, para que hagamos que las cosas pasen, para que haya acción y de la acción, todos -¡pero todos!-, y de una vez, aprendamos y podamos escoger, otra vez, en este alucinante vértigo moderno, el mejor nuevo camino a recorrer.

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Pablo Doberti es psicólogo y educador. Desde hace cuatro años dirige el proyecto del Grupo Santillana que enfrenta las necesidades de innovación de los sistemas educativos y de la industria educativa en Iberoamérica, cuya manifestación más acabada se presenta ya con base en México bajo la marca “Sistema UNO”.

Esta columna se publicó el 24 de febrero en la página Arena Electoral y puede leerse en: http://www.arenaelectoral.com/article/detail/167

 

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